Archivo de enero 12th, 2011

42K V.Langosrtura

12 de enero de 2011

Llegamos el jueves 11-11 a Bariloche después de una tensa semana en la que no se sabía con certeza si los vuelos saldrían y con que demora.

Por suerte en Ezeiza todo salió mejor de lo previsto, y junto con Javi, Julio y Fede escoltado por toda su familia, embarcamos a horario.

Apenas llegados a Bariloche salimos con los chicos hacia Villa La Angostura, y fuimos directamente a retirar el kit. Me instalé en el Italian Hostel de Susana y Pedro, al cual ya empezaban a llegar varios corredores. Cuando llegué ya estaba Pepe Carina, y luego se sumaron Virginia y Diego, Clara, Charly, dos grupos de Neuquén y Mendoza, entre quienes estaba nada menos que Christian Mohamed.
Ya cerca de la hora de cenar, llegó Silvana completando el grupo representante del Migueles Team, y simultáneamente de la Asociación Atlética Migueles Team.
Al día siguiente, una vez retirado el kit de Silvana, salimos a pasear con la idea de pasar un día relajado y fue por esto que nos embarcamos hacia el bosque de Arrayanes en un catamarán en el cual nos acompañaban algunos corredores y una multitud de españoles.

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El sábado, día de la carrera, amaneció con un cielo despejado y muy buena temperatura, así que ya desde temprano nos fuimos encontrando con los corredores en la zona de largada.
Disfruté muchísimo de ver a tantos amigos y conocidos que me dio este deporte, y de ir haciendo algunos nuevos como suele suceder en cada evento lejos de Buenos Aires.
A las 10 hs. en punto largamos directamente hacia nuestra primera cuesta arriba. Apenas 3 kms. nos separaban de lo que fue un recorrido completamente irregular y discontinuo, pero lleno de lindas sorpresas visuales y por sobre todas las cosas, muy entretenido.
Contrariamente a lo que me imaginaba, las 5 hs 33′ se pasaron muy rápido y sin esa sensación de sacrificio que suele aparecer en pruebas de más de 3 hs.

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Además de ser una de las pocas carreras que disfruté en su totalidad, el soporte y contención de la organización contribuyó a que nos despreocupemos de temas esenciales como la hidratación y la seguridad en el trayecto.

Si bien ya llevo unos cuantos años corriendo y por lo tanto vinculada a esta actividad, cada carrera no solo representa un desafío en si mismo, sino también una nueva lección, y teniendo incorporado el deporte en mi estilo de vida, ningún pensamiento o sensación que vivo se limita únicamente al contexto competitivo.

Cuando me fui posicionando dentro del entorno y encontrando mi lugar, también consideré oportuno contribuir aunque sea con el mínimo aporte para reivindicar algunos valores del atletismo. Esto me llevó a amigarme con la palabra competencia, ya que descubrí que tiene muchas más connotaciones además de la vinculada a una simple rivalidad entre deportistas.

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Con relación a esto, la K42 fue una especie de corolario para terminar de definir cuales son las implicancias de la competencia, a veces tan resistida por algunos.
Me tocó intercambiar ideas con algunas personas que practican otras disciplinas deportivas, y por momentos hasta casi lograron convencerme que en una carrera, los participantes se limitan a tratar de llegar antes que otro corredor.
Gracias a los aportes varios y al contacto con otros corredores en el antes, durante y post carrera, llegué a la conclusión de que ser un buen atleta no pasa por competir virtuosamente, sino por tener competencia, en el sentido de la palabra que define a quien está apto para enfrentarse a nuevos desafíos, que jamás son idénticos entre si por más que se trate del mismo formato.
Decidir ser parte de una competencia, significa planificar con varios meses de anticipación el entrenamiento, organizar la logística alrededor de ella, estar preparado para los imprevistos, enfrentar el clima que toque ese día, saber manejar cualquier malestar físico, administrar la hidratación y suplementos, y sobre todo, la fortaleza mental para sostener durante varias horas el espíritu que permitirá completar el recorrido exitosamente.
Todo esto va acumulando tensión que a veces es imperceptible, y nos damos cuenta de lo instalada que estaba en el momento de aflojarnos. Si bien a esta carrera en particular traté de bajarle la carga de presión para no perderme el imponente paisaje, cualquiera que esté acostumbrado al entrenamiento metódico y programado, queda “seteado” para un rango de tiempo que se va definiendo en la última etapa previa al evento.

En esta oportunidad, resultaba bastante difícil pensar en un desenlace vs. expectativa en medio de un bombardeo de comentarios respecto a un recorrido más duro y casi sin planicies, lo que significaba que ninguno de quienes habían corrido en ediciones anteriores era parámetro de nada.
Así que casi sin hacer cálculos y tratando de que sea un simple número del cual debía olvidarme apenas largase, me puse como meta el ambicioso, al menos para mi, objetivo de 5 hs 45′.

Los últimos metros atravesando el pueblo de Villa La Angostura fueron sumamente emotivos y contribuyeron a acentuar ese cosquilleo interno de saber que faltan muy pocos minutos para vivir un momento de total felicidad. Fue así que esos segundos en cámara lenta en los cuales pisé la alfombra, di esos pasos entre el vallado hasta el arco y vi el reloj que marcaba 5 hs 33′, quedarán en mi memoria y en mi corazón por muchos años.

Anteriormente, solo se me habían caído algunas lágrimas en el punto de llegada como consecuencia de una lesión, hace 3 años atrás, así que difícilmente me olvide de la primera carrera que me hizo llorar de emoción.
Al llegar empecé a buscar con la mirada a algún amigo o conocido, pero por lo reducido del espacio solo tenía cerca a quienes llegaron junto conmigo, así que como si fuese un amigo de toda la vida, terminé compartiendo mi llanto con un señor que había conocido en el kilómetro 21 y junto al cual corrí durante algunos tramos.
Estas cosas son las que más valoro de este deporte, porque hoy tengo una gran cantidad de amigos que conocí en circunstancias similares. Es la alquimia que mezcla lo íntimo de la propia emoción, con el sentimiento de camaradería entre quienes estamos enfrentándonos al mismo desafío.
Más allá de la performance medida en base al rendimiento y al tiempo que se pueda lograr, hoy puedo calificar una carrera como exitosa si al finalizarla quiero correr de nuevo. La intensidad de este deseo es el amperímetro que me indica si las cosas fueron bien hechas o no, y puedo tener una referencia basándome en las veces en las cuales por el contrario, perdí por completo la motivación apenas cruzada la línea de llegada.

Por eso puedo decir que para mi la K42 fue una graduación similar a la que experimenté en mi primer maratón de calle, y las ganas de pensar inmediatamente en el próximo desafío fue lo que me indicó que me había sacado una buena nota.
A diferencia de lo que me fue pasando a lo largo de muchos años, hoy mi objetivo principal reside en asegurarme que ninguna carrera sea igual a otra desde lo vivencial, de modo tal que la experiencia que vaya sumando sea cada vez más enriquecedora y me sirva como incentivo o trampolín hacia el próximo paso.
Creo que esto es parte del conocimiento de uno mismo, a través del cual resulta cada vez más difícil separar los desafíos cotidianos de los deportivos. El poder integrar todos los aspectos personales y accionar con coherencia en todos los ámbitos, será lo que nos garantizará los resultados esperados.

Marina Moro